viernes, 10 de abril de 2020

CRÓNICAS INOCUAS Nro. 2



SUAVECITO


Muchas veces, en noches de tristeza ahogada por la bohemia, me abstraigo y como si pudiera recordar, recuerdo:

Ocho en punto de la mañana -que increíble, siempre implacablemente puntual llegaba “Suavecito”, con su clásico andar acompasado y su eterna pulcritud.  Camisa blanca de almidonado cuello y duros puños, corbata sobria, pañuelo blanco de tres puntas, terno gris a rayas.
Su frente amplia ya delataba la prematura calvicie; mirada franca pero tímida; nariz alerta escudada por un bien cuidado bigote; labios medianos que siempre apuran una sonrisa nerviosa -cómo disculpándose por algo; manos grandes de gestos serviciales; estatura mediana, delgado, casi flaco; treinta y cinco años y siempre el maldito nudo en la garganta.
 Así, recuerdo al “Suavecito” de mis muchas noches.

La monocorde metralla de las “Rémington”, atacaban el ambiente; lápices apurados siempre haciendo pareja con una gastada “Gillette” –porque el pesado tajador de mierda no funciona; el café cojudamente tibio y el cigarrillo a media mañana; mirar a Estelita y sentir un riquísimo temblor interno; el “sí Coronel”, el “como no Coronel”, el “ya termino Coronel”; el derrotarse a sí mismo al tragarse un “¡¡¡¡ya no me joda Coronel!!!”; el sonreír cómplicemente al escuchar al zambo Javier reclutar gente para tomar “solo un parcito” en el Zela; el acostumbrado dolor en la espalda cuando ya la jornada estaba por sucumbir.
Así eran los días de “Suavecito” en el Ministerio de Guerra, en SU Ministerio –como cachacientamente se lo decían sus compañeros entre vasos y cervezas, a colación de la excesiva responsabilidad y empeño que mostraba en su trabajo. Días de mis muchas noches. A veces, me provoca reír.

¡¡¡Gooooooolllllllllll de la “Lora”!!!...¡¡¡Gooooollllllll del “Toto”!!!....¡¡¡Gooooolllll de la “U” carajo!!!. Solo ahí, en la Tribuna Oriente, acompañando al equipo de sus amores, “Suavecito” perdía la compostura que siempre cuidaba. Sí la “U” ganaba el partido - luego del festejo- el perdía en casa.
“China”, perdóname, te prometo que no vuelvo a ir al Estadio- era siempre, el repetitivo  y embriagante juramento.  
A veces, me provoca reír.

Era muy agradable verlo bailar un tango con Elena. Paladeaba, degustaba la música; la cabeza erguida, sonriendo, muy seguro de sí mismo; dibujando fintas con los pies y sujetando el talle de la “China” que lo conocía de memoria.

Sucedió que un día se enfermó y otro maldito día empezó a morirse. Un lapso de pánico fue dejando paso a una agradable sensación de bienestar. Pensó en la “China” y en sus hijos con un amor que nunca pudo expresar en toda su intensidad; recordó su corta adultez y sonrió; se encontró con su tímida juventud y tuvo esperanza; sintió su casi olvidada niñez y volvió a soñar; se sintió en su madre y fue protegido; se sintió en su padre; se sintió en su abuelo; se sintió en el padre del padre del abuelo; se sintió en el origen; partió al infinito.

Lo veo periódicamente, a lo lejos le digo: “espérame, ya voy”. Me mira con amor, con cariño, con nostalgia; sonríe, prende un cigarrillo, pone una mano en el bolsillo, da media vuelta, se va caminando.
A veces, me provoca llorar.

Pepe Fernández
22 de febrero de 1984

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