SUAVECITO
Muchas veces, en
noches de tristeza ahogada por la bohemia, me abstraigo y como si pudiera
recordar, recuerdo:
Ocho en punto de la
mañana -que increíble, siempre implacablemente puntual llegaba “Suavecito”, con
su clásico andar acompasado y su eterna pulcritud. Camisa blanca de almidonado cuello y duros
puños, corbata sobria, pañuelo blanco de tres puntas, terno gris a rayas.
Su frente amplia ya
delataba la prematura calvicie; mirada franca pero tímida; nariz alerta
escudada por un bien cuidado bigote; labios medianos que siempre apuran una
sonrisa nerviosa -cómo disculpándose por algo; manos grandes de gestos
serviciales; estatura mediana, delgado, casi flaco; treinta y cinco años y
siempre el maldito nudo en la garganta.
Así, recuerdo al “Suavecito” de mis muchas
noches.
La monocorde
metralla de las “Rémington”, atacaban el ambiente; lápices apurados siempre
haciendo pareja con una gastada “Gillette” –porque el pesado tajador de mierda
no funciona; el café cojudamente tibio y el cigarrillo a media mañana; mirar a
Estelita y sentir un riquísimo temblor interno; el “sí Coronel”, el “como no
Coronel”, el “ya termino Coronel”; el derrotarse a sí mismo al tragarse un
“¡¡¡¡ya no me joda Coronel!!!”; el sonreír cómplicemente al escuchar al zambo
Javier reclutar gente para tomar “solo un parcito” en el Zela; el acostumbrado
dolor en la espalda cuando ya la jornada estaba por sucumbir.
Así eran los días
de “Suavecito” en el Ministerio de Guerra, en SU Ministerio –como
cachacientamente se lo decían sus compañeros entre vasos y cervezas, a colación
de la excesiva responsabilidad y empeño que mostraba en su trabajo. Días de mis
muchas noches. A veces, me provoca reír.
¡¡¡Gooooooolllllllllll
de la “Lora”!!!...¡¡¡Gooooollllllll del “Toto”!!!....¡¡¡Gooooolllll de la “U”
carajo!!!. Solo ahí, en la Tribuna Oriente, acompañando al equipo de sus
amores, “Suavecito” perdía la compostura que siempre cuidaba. Sí la “U” ganaba
el partido - luego del festejo- el perdía en casa.
“China”, perdóname,
te prometo que no vuelvo a ir al Estadio- era siempre, el repetitivo y embriagante juramento.
A veces, me provoca
reír.
Era muy agradable
verlo bailar un tango con Elena. Paladeaba, degustaba la música; la cabeza
erguida, sonriendo, muy seguro de sí mismo; dibujando fintas con los pies y
sujetando el talle de la “China” que lo conocía de memoria.
Sucedió que un día
se enfermó y otro maldito día empezó a morirse. Un lapso de pánico fue dejando
paso a una agradable sensación de bienestar. Pensó en la “China” y en sus hijos
con un amor que nunca pudo expresar en toda su intensidad; recordó su corta
adultez y sonrió; se encontró con su tímida juventud y tuvo esperanza; sintió
su casi olvidada niñez y volvió a soñar; se sintió en su madre y fue protegido;
se sintió en su padre; se sintió en su abuelo; se sintió en el padre del padre
del abuelo; se sintió en el origen; partió al infinito.
Lo veo
periódicamente, a lo lejos le digo: “espérame, ya voy”. Me mira con amor, con
cariño, con nostalgia; sonríe, prende un cigarrillo, pone una mano en el
bolsillo, da media vuelta, se va caminando.
A veces, me provoca
llorar.
Pepe Fernández
22 de febrero de 1984
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