CHIQUITA BRAVA
Siempre tensa y
apurada –“con el corazón en la boca y......de las madres que ya no hay”- como
dice ella. Los músculos alertas; la mirada desafiante y el mentón erguido. No
piensa. Ya pensó. Guapachosa y brava la chiquita, siempre muy altiva dentro del
pulcro mandil blanco de Hospital.
No conoció a su
madre, porque a Natalia –la dama de la mirada triste- se la arrebató una
maldita pulmonía, cuando ella aún reclamaba su seno vital.
Muchas veces la
soñó desesperadamente, tratando de arrancarle a la visión el rostro que jamás
pudo recordar. Sin embargo, en el espejo, los ojos de Natalia siempre la
miraron.
De su infancia
recuerda el amor de Don Manuel –padre y madre para todos; la férrea disciplina
de Florencia; los golpes de trompo del “Pelón”; la complicidad de Irma y Norka
y la dulce melancolía de su Romulito.
Ya de muy
pequeña, lideraba grupos en los que siempre había varoncitos. El “Pelón”, le
enseñó las “llaves” de “Cachascán” que conocía y ella, las puso en práctica todas.
La adolescencia
la sorprendió con un trompo en la derecha y
una muñeca en la izquierda. Ya no solo sería la “noviecita” de Don
Manuel, de un flaquito de barrio se había enamorado.
Y como los
chicos crecen y se quieren, una fuga al estilo medieval y una amenaza
shakesperiana, terminaron por ablandarle el tozudo corazón al viejo italiano.
Un otoñal día de
Abril, la casa de Magdalena del Mar recibió a los recién casados.
El piensa:
seremos felices.
Ella piensa: voy a quemar el Estadio.
Don Manuel, piensa en
cómo lo convencieron.
Doña Aída, casi murmurando, eleva un ruego –ayuda a mi
hijo Dios mío !.
Entre amor y
estrecheces; desalientos y esperanzas; arrebatos y disputas; logros y
conquistas; cuartelazos y clandestinos, de dos fueron cinco.
Fue Madre
primero que todo, así, con mayúsculas; les dio a sus hijos el amor que a ella
el destino le negó. Claro, que ello no la exceptuaba -cuando la situación
superaba los límites permisibles- de darles unas “buenas tandas” a sus
engreídos. Mamáaaaaa.... !!!!.
El corazón de
aquella “hormiguita” incansable se partió para siempre el día que la muerte le
arrebatara al único hombre de su vida.
Pero como la
valentía y el coraje siempre fueron sus emblemas, se tragó su dolor infinito y
se entregó en cuerpo y alma a su
trabajo, sus hijos y al nieto adorado.
Veintisiete años
de su vida enfundada dentro del pulcro mandil de Hospital finiquitaron con unas
flores, dos almuerzos y una placa. Muá y muá. Chau Elena, felicidades. Carajo, cosas de la
vida ¿no?
Pero Dios la
había elegido como receptora del sufrimiento de otros que viven sin agradecer
cada día y ríen sin saber porque; además, estoy seguro, que en esa época, en el
cielo debió haber una enorme escasez de ángeles y el Padre Eterno decidió
recuperar prontamente a uno de sus preferidos. Y el corazón de la “China” ya no podía más......sin embargo, luego de
años de lucha contra el dolor inconsolable y el deseo de abandonarse; apelando
a esa titánica fuerza interior..... pudo.
Fue una
venerable enamorada de la vida, incansable a sus 75 años, seguía tan vital como
en su madurez, tanto que a veces había que rogarle que baje el ritmo. Luchó
contra los embates del tiempo con un ahínco envidiable, ejemplar y aún trataba
de proteger a sus hijos cual gallina a sus pollitos.
Hoy, a sus 86
años, sus hermanos han partido y solo los ve en sus recuerdos. Sus fuerzas han
menguado súbita y considerablemente. Su mirada vivaz ahora es opacada por el
tiempo inexorable; su caminar dubitativo e inseguro, le ha jugado varias veces
en contra y muy seriamente; su percepción sonora ha decrecido mucho y por ello
vive casi siempre en su mundo interior. Sin embargo, cuando rozo su mejilla con
un beso, la miro a los ojos y le digo desde lo más profundo de mi corazón: “Te
amo madrecita linda”, sus ojitos parecen iluminarse, brillar de nuevo, sonríe
complicemente, mientras me estruja la mano con la suya y me dice con su voz
apagada, pero llena de trinos: “Y yo a ti, hijito de mi corazón”. Quizás su
cuerpo se ha deteriorado mucho y el raciocinio lógico ya no es el mismo, pero
sus sentimientos y afectos siguen tan prístinos como desde el inicio de los
tiempos. Me olvidaba agregar que aún mantiene esa terquedad a prueba de balas y
misiles. Su toque distintivo sigue aún vigente e implacable.
Hoy, la casa que
la albergó los últimos 30 años, su casa, nuestra casa, está sola, totalmente
sola por primera vez y así la recorrí completamente, con el alma rota al ver en
cada rincón vacío, los hermosos momentos allí vividos. En las últimas décadas, la casa era el punto de
concentración de hijos, nietos, sobrinos, tíos y familiares. El “Golpeao” de a 20
céntimos fue el estelar de muchas noches, siendo ella, una de las partícipes
más entusiastas. La última, hace solo unos meses.
Gracias por todo
“China”, Madre Adorada, los que te amamos, aún estamos junto a ti, esperando
captar –aunque sea por un instante- tu mirada amorosa y llena de luz, esperamos
que por mucho tiempo más.
Elenita, jamás te olvidaremos, siempre has sido un ejemplo de amor a la familia y a
la vida ....es decir, a DIOS.
Pepe Fernández
Marzo 2012
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