martes, 9 de julio de 2024

 

Crónicas Inócuas N° 16

Había una vez una foto….

Era mediados de noviembre del ’63 y mis maduros once años de edad ya reconocían el gusto por jugar con una pelota y haber disfrutado mi primer partido de fútbol en el majestuoso Estadio Nacional, viendo ganar a los de “la camiseta crema” al clásico rival, en el único partido que perdieron los “grones” en ese campeonato en el que se coronaron bicampeones. Fue determinante ese encuentro para sellar mi identidad por toda la vida con los “merengues”.

Sin embargo, el párrafo anterior solo sirve como preámbulo y nexo con la historia que deseo narrarles.

Mi madre estaba molesta con mi viejo, porque quería sacar una foto que vi desde que nací, en la sala del hogar familiar. Era una imagen enmarcada modestamente, del “Máximo Goleador de Todos los Tiempos”, el gran “LOLO” Fernández Meyzán y que además estaba autografiada con una letra cursiva muy bien dibujada. Nunca podré olvidarme de la dedicatoria, decía: “A mi tocayo e hincha crema, de su amigo de siempre”. La firma se leía claramente: Lolo Fernández, 27 de Agosto de 1953.

Yo siempre observaba la imagen con respeto y admiración, esta última, crecía más, cada vez que mi viejo se daba un tiempo para contarme alguna anécdota del gran “Cañonero” o narrarme los pormenores de algún clásico que por supuesto, habían ganado “los cremas”. Me decía, entre otros detalles, que “LOLO”, era muy jovial y bromista.

Conforme avanzaron los años, mi madre por fin pudo sacar de la pared la imagen del gran “LOLO”, lo que originó un sepulcral silencio familiar durante quince días, en los cuales, para variar, otra vez, yo fui el “correveydile” de ambos.

Una tarde, ya por el ’68, buscando algunas “LIFE”, arrumadas dentro del desván, para ubicar algún artículo que me sirva para un trabajo de Economía Política, me encontré con la vieja foto del ídolo merengue, la cual limpié casi con reverencia y me percaté, por primera vez, que la letra de la afectuosa dedicatoria, era casi idéntica a, a, …….a la de mi viejo !!! Horrror de horrores !!!. Una terrible sospecha cruzó por mi pálida frente, una enorme desazón inundó mi corazón y unas lágrimas que pugné porque no salieran por la ira contenida, enrojecieron mis juveniles ojos. Dejé en el desván aquella venerada imagen, manchada con una dolorosa falsedad. Nunca más la volví a ver.

En esos días, mi padre estaba hospitalizado desde hacía más de dos meses, tratándose de una glomerulonefritis en el Hospital Militar, ello aminoró mi desazón con él y poco a poco, conforme pasaba el tiempo y avanzaba inexorablemente la enfermedad, esa oscura pero casi certera incógnita, se fue apagando en mi corazón, hasta solo dejar una cicatriz en mi credibilidad paterna y en mi incondicional hinchaje por los de la calle Odriazola.

Mi padre falleció en marzo del ‘76, a los 53 años, “en la flor de la vida”, como diría Pedro Camacho, el pintoresco personaje al que daría vida MVLl en “La Tía Julia y el Escribidor”.

Partió luego de que un trasplante renal le permitiera renacer por unos meses, en los cuales se afianzaron enormemente nuestros lazos afectivos. Nunca me atreví a decirle que había “descubierto su secreto”, no tuve el valor de enrostrárselo. Aun así, sufrí mucho su ausencia por un largo lapso.

Otra vez el tiempo corría a velocidad vertiginosa y ya era el verano del ‘88, por esa entonces era un voraz consumidor de toda revista política que se me atravesaba, pero sobre todo de la revista “Caretas” que dirigía Enrique Zileri. Justamente en marzo de ese año, cerca a la fecha conmemorativa de la partida de mi viejo, después de almorzar, leyendo “Caretas” en la oficina, me encuentro de súbito con un reportaje al “ídolo de ídolos”, al gran y único “LOLO”. Era un artículo inédito, ya que no era del corte de la revista. Parece que los cercanos 35 años de su despedida de las canchas de fútbol, así lo ameritaban. Mientras leía con avidez el escrito, conforme avanzaba, las sienes me empezaban a latir fuertemente. El “Chino” Domínguez, recogía testimonios y anécdotas del gran “Cañonero”, que eran casi idénticas a las que me había contado mi viejo en esos lejanos días de infancia. Al final del reportaje, “LOLO” le dedica una fotografía idéntica a la que veneraba mi padre y LA LETRA DE LA DEDICATORIA, CURSIVA Y DIBUJADA, ERA LA MISMA QUE YO HABÍA VISTO Y DE LA QUE HABÍA DENOSTADO CIENTOS DE VECES !!!. Tuve que apartar mi silla giratoria apresuradamente y enfilar al baño con la cabeza gacha (como Lolo lo hacía siempre al salir de la cancha, lleno de una increíble humildad, pero yo lo hacía apresurado, casi estupefacto y  avergonzado de mí mismo). Lloré amargamente en silencio, no recuerdo realmente cuanto tiempo. Lo que recuerdo era que me dolió en el alma el haber dudado de mi padre y depreciado su afecto y su recuerdo por un prejuicio estúpido, sin mayor sustento. Aunque no fuera un hecho importante para muchos, para mí si lo fue. Me maldije cada vez que podía y le pedí perdón cientos, miles de veces en mis oraciones y evocaciones, pero yo, no me podía perdonar.

Desde ese momento, la cicatriz enrojeció y dolía profundamente cada vez que recordaba el episodio.

Pasó demasiado, muchísimo tiempo y casi sin darme cuenta ya había  superado los 70 abriles. Solo los achaques, medicinas y ser abuelo me lo hacían recordar, además de la ausencia de muchas personas que amaba y apreciaba, lo hace que ahora me aferre cada día a la soledad de mis recuerdos.

Después de varios años, solo unos meses atrás, fui invitado por mi hijita Paola a regresar al Estadio Monumental, al “Templo Crema”. Fui casi obligado por su amor de hija a la Tribuna Occidente, donde antes se tenía asientos reservados y se veía el espectáculo con mucha comodidad. Esa costumbre ya obsoleta nos obligó a observar el encuentro de pie y acomodarnos como pudimos, producto de la gran masa de hinchas, que acudieron a ver al equipo merengue coronarse Campeón del Torneo Apertura. Cuando la “Trinchera” desplegó la gigantesca imagen del “ÍDOLO ETERNO”, inundando con su figura el coloso, esa vez no pude contener las lágrimas y elevando mi mirada a las alturas, sentí la cálida sonrisa de mi padre y por primera vez…………..…… me perdoné.

 

José Fernández P.

junio 2024

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