viernes, 10 de abril de 2020

CRÓNICAS INOCUAS Nro. 8


ELENA DE MAGDALENA

 

El primer recuerdo que tengo de ella, es verla llegar a casa recién nacida, en brazos de mi madre, envuelta en un hermoso tafetán rosado. Mi curiosidad infantil me empujaba a tratar de descubrir su carita, empinándome disimuladamente, pero mi ego maltratado y mi principado amenazado, me contenían casi con un rechazo a ultranza. Sin embargo, la sangre siempre es más fuerte y se impone a todas las asperezas. A partir del día siguiente fui su celoso guardián, sentado junto a su cunita. Había asumido como misión, que apenas escuchara llorar a esa carita sonrosada, enfundada dentro de un tamalito impecablemente blanco, correría presto a la cocina, dando la alarma a mamá. Una vez, al ver que mi madre se demoraba más de la cuenta y su llantito hambriento me conmovía, busqué un pan y traté de dárselo en la boca para calmarla. Cuando me sorprendió mi madre, casi se desmaya. Durante décadas, en las reuniones familiares, fue una de las anécdotas favoritas de mi viejita.

Seis meses después, nuestro querido tío “Moncito”, fue su padrino de bautizo. Todo un privilegio para mí recién estrenada hermanita.

 La segunda imagen que me viene a la memoria es a mediados de diciembre, cinco años después, al verla bajar del ómnibus escolar del Colegio “Notre Dame”, con su uniforme guinda, la blusita blanca media arrugada y sobresaliendo de su faldita; su sombrero de fieltro tipo mosquetero, con una pluma blanca al viento y ella arrastrando una tremenda maleta escolar en su manita izquierda -que sin exagerar, era la mitad de su cuerpecito- corriendo feliz hacia mí, con una sonrisa amplia, brillante, llena de luz, que solo una pequeñita de alma pura puede lucir. Le di el alcance en su carrera hacia la puerta de la casa para ayudarla con la enorme maleta y descubrí que en su manita derecha, sujetaba orgullosa, un enrollado diploma. La ratona, había logrado el 3°er puesto en Aprovechamiento, finalizando su primer año, en un colegio prestigioso de esa época. Ya desde muy pequeña empezaba a lograr sus metas. Característica que siempre la distinguiría en toda su vida.

 Elena Aída fue la adoración de mis padres; el orgullo de mi abuela paterna y la engreída de los Passaro.

Y así, pasaron y pasaron los años. Una tercera imagen de mi hermanita; nítida y transparente en el tiempo, incólume en mi recuerdo, es verla contar monedas y billetes sobre su cama; dinero que era la ganancia que obtenía de vender sus “pulseras chaquiras”, a sus compañeras del Saint Mary´s School, en el 4° y 5°to de secundaria. Fue un éxito su negocio, cada vez que las llevaba, prácticamente se las arranchaban de las manos. En la adolescencia, ya se perfilaba con iniciativa para generar sus propios recursos, sin temor, con atrevimiento e independencia. Era inteligente y muy rápida de pensamiento, no tanto como mamá, pero más criteriosa y analítica. Ahhh…, pero eso sí, tan brava para hacerse respetar y hacer respetar a los suyos, como nuestra madre.

 Siempre fue amiguera y en el barrio, en nuestra Magdalena del Mar, la querían mucho vecinos, chicos, chicas, papás y mamás.

 Cuando nació Quique, el último de los Fernández-Passaro, todos los mimos de la familia migraron hacia él y Elena le aportó amorosamente los suyos. Fue su “hermanito”, por siempre.

 Nuestra primera aproximación como “hermanos cómplices”, resultó a partir de una noche en la que llegando yo a casa, luego de clases, encontré sobre mi cama una carta de ella en la que me confesaba sus ambiciones futuras y el temor de que el compañero de vida que escogiera no la escoltara en el logro de sus objetivos, en esa sana ambición de conquistar sus deseos. Ya oteaba el horizonte de la vida desde un faro muy alto. Por esos días, ya había un chiquillo que la rondaba y otro por ahí que la miraba de lejos, pero ella ya era una jovencita de 14 muy bien plantados, muy madura para esos párvulos.

 Al poco tiempo, me contó que había aceptado como “enamorado”, a un “chico lindo y bueno” (sic), se llamaba Alan y vivía en Pueblo Libre, cerca de nuestra Magdalena  -enarque una ceja, pero sabía que podía confiar en su criterio y corazón. A partir de esa época, nuestro acercamiento como hermanos fue “in crescendo”. El tiempo pasó muy rápido, ella misma sin esperar “padrinazgos”, a sus nóveles 18 años, salió a buscar trabajo, con el diario en la mano y las ganas impregnadas en todo su ser. Entre una que otra chamba, trabajó en el prestigioso “Estudio Flint”, un bufete de abogados de élite y luego de un tiempo, dio el gran salto al “Banco Continental”.

 En el Banco, en base a tesón, capacidad y ese don especial, para adelantarse a los requerimientos del Sr. Belaúnde -temible jefe del área, se ganó su confianza total, tanta, que el viejo tozudo, se molestaba cuando ella tenía que salir de vacaciones.

En la oficina; con sus amigas del Colegio; del barrio y en la familia, era un torbellino de alegría. Todas y todos la querían mucho.

 Y casi sin darme real cuenta de que el tiempo es una vorágine sin retorno, en ausencia de mi padre, yo era su padrino de boda. Esa noche, al bajar del auto, en la puerta de la Iglesia, la chica risueña y segura de sí misma, temblaba de emoción, como una hojita al viento, sujetándose fuerte de mi brazo, como para no caer. Y se casó enamorada del “Chino” de su vida, sí, con Alan, mi hermano.

 Y como no estamos en el Edén, la pareja de recién casados pasaron de las buenas y de las otras, pero en los traspiés, los sentimientos se hicieron más fuertes, sobre todo por un angelito que llenó de alegría el hogar y que al regresar al mundo divino, se llevó parte de los corazones de toda la familia.

 Con Jeniffer aún en brazos, a comienzos de los ´90, partieron a buscar un nuevo futuro en el Viejo Mundo, era imprescindible para ambos, cambiar su escenario de vida. Los ancestros maternos de Alan, principalmente de origen francés y que migraron a la pequeña y pujante Suiza, propiciaron que la antigua patria los reciba con los brazos abiertos.

 La desolada abuela Elena, recibía en compensación y casi a diario, la voz de su adorada hija por teléfono. Cosas de la modernidad de la época y la economía del primer mundo. La comunicación internacional en el Perú, era un privilegio, un lujo de ricos. En la convulsionada patria de esa época, destrozada –en el amplio sentido de la palabra- por un alucinado alumno de Víctor Raúl Haya De La Torre y por los fanáticos seguidores del “Camarada Gonzalo”, la vida no valía nada.

Luego, en el lapso de casi tres décadas, mucha agua corrió por el Rímac y el Neuchatel, los inicios fueros duros, pero coraje le sobraba a los Paulet-Fernández. La linda Jeny crecía y era ahora la razón de ser de ambos.

Al parecer, la enorme distancia que las separaba, hizo que la hermandad con Teresa y Carmen, nuestras primas hermanas, se hiciera cada vez más estrecha, más íntima, así como su amor incondicional por todos sus sobrinos.

 Cada vez que regresaba a Lima, a su Magdalena, irradiaba alegría y felicidad. La ciudad, de bocinazos agresivos, tráfico insoportable y ambulantes por doquier, la suplía ampliamente con el amor de su madre, de la familia; el afecto de los amigos de toda la vida; las playas veraniegas y la exquisitez de nuestra comida. Siempre se dio un tiempo para saludar y abrazar a todos, ella era un imán lleno de cariño para los que estaban en su corazón. Siempre me sentí muy orgulloso de Elena y muy confiado de sus consejos y recomendaciones.

 Mi madre estuvo tres veces por la Chaux-de-Fonds y ellos por Lima otras tantas. En los últimos cinco años ambos estuvimos más compenetrados, sobre todo por las complicaciones en la salud de nuestra madre y su posterior partida, que hizo que Elena esté el Lima durante 7 meses continuos. La ausencia de mi madre, la suplimos comunicándonos más, queriéndonos más, admirándonos más. Hablábamos mucho de nosotros; de nuestros achaques y cómo contrarrestarlos; de mi trabajo; de Alan y Jeny; de Paola y mis hijos mayores; de los sobrinos, la familia; de la vida; del futuro y sobre todo de la espiritualidad, el Universo, Dios, los ángeles, la vida luego de la vida; tenía un ansia de sabiduría de lo espiritual, de lo astral, que recién ahora empiezo a entenderlo. Sin saberlo, se estaba preparando para el camino sublime.

Y así, de pronto, súbitamente, sucedió lo inesperado, lo casi imposible, lo que le podía suceder a todo el mundo, menos a ella; pero eso no es cierto y las decisiones divinas, supremas, no las manejamos y tampoco las llegamos entender….ahora.

 Mi hermana partió en silencio, como para aminorar nuestro terrible dolor, fue a reencontrarse con Dios, con el Universo; con su hijo amado, con nuestros padres y ancestros; con la familia y amigos. Nos dejó terriblemente desolados, pero a su vez, nos trasmitió esa fuerza vital, tan propia de ella, para seguir en la brega. Para los que la amamos tanto, ella es más que un ejemplo de vida, es un brillo eterno, un destello de esperanza, de luz, que nos recibirá con una bella sonrisa, cuando nos toque el retorno al origen.

Estoy seguro que estará alborotando de alegría el Cosmos y buscando un curso acelerado de “Ángeles de la Guarda”, para ser nuestra celosa protectora. De ello, no tengo duda alguna. He aprendido a sentir su presencia de manera diferente, superior.

 Gracias hermanita por todo el amor que nos entregaste, fue tanto, que reponernos de tu ausencia física nos seguirá costando, hasta que nos volvamos a abrazar.

 Hay muchas cosas que hubiera querido cambiar en mi vida -si hubiera podido tener esa potestad, sin embargo, una de las que no cambiaría nunca, jamás, es haber tenido el privilegio y el honor de haber sido tu hermano, Elena de Magdalena.

Noviembre del 2019.

3 comentarios:

  1. José, leí la crónica sobre tu hermana, me pareció que describes cada etapa de su vida de la manera exacta y precisa para quienes no la hemos conocido nos llevas a saber la gran persona y hermana que tenías. Lamentablemente, se fue y me imagino que mucha indignación les debió de causar que a los mejores seres humanos se van antes y los que nos quedamos no reunimos tantas virtudes como ellos. Gracias por compartir esta crónica y haber conocido un poco más de Elena de Magdalena.

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  2. Flaco siempre he sentido por ti, no me avergüenzo reconocerlo, una gran admiración por la facilidad que tienes para escribir sobre lo que te o nos acontece en la vida.
    lo escrito sobre tu hermana es una descripción magnifica de lo que fue ella y de lo que significo para ti desde que vino al mundo.
    Pero es solo eso, una descripcion, que desde mi punto de vista y por lo que algunas veces hemos conversado, no llega a reflejar el gran literato que eres.
    El que leerá tu escrito dirá que excelente fue tu hermana, pero tus cualidades literarias no serán destacadas, porque no le has dado ese enfoque, que no significa dejar de reconocer la excelente persona y hermana que fue para ti y para muchos otros.
    Pero no se trata de tu hermana sino de ti como escritor.
    Por ejemplo me gusto mucho este texto "Luego, en el lapso de casi tres décadas, mucha agua corrió por el Rímac y el Neuchatel, ...........los inicios fueros duros, pero coraje le sobraba a los Paulet-Fernández. La linda Jeny crecía y era ahora la razón de ser de ambos.
    Al texto después de los puntos has debido darle esa esa misma figura literaria ( no se como se llama, pero tu entiendes) que le diste al inicio con eso de mucha agua corrió po el Rimac, etc.
    Igual para cada etapa de la vida de tu hermana que describes muy bien pero le falta esa fantasía del literato.
    No soy un critico literario pero soy sensible a lo que saben, escriben.
    Un abrazo

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  3. Mi querido hermano del alma y de la vida, sabía de tus dotes de escritor por lo que vivimos en el Colegio y fuera de el, pero ahora se nota tu madurez, bella la parte de tu vida que nos das a conocer, que nos haces vivir y creo yo lo mejor de un escritor "nos haces sentir". Mis respetos y recuerdos para esos dos Ángeles que ahora cuidan de ti, no pares sigue por ese camino y conmuevenos con más relatos. Orgulloso de poder llamarme tu hermano, un abrazo.

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